Ostras incautadas a dos furtivos que operaron en una tabla de pádel surf frente a la lonja de Moaña.

Los amigos del marisco ajeno aprovechan el auge de los deportes náuticos para llegar por mar a los arenales y desaparecer entre los embarcaciones de recreo e incluso en su interior

Las tablas de pádel surf ya no solo sirven para disfrutar de un paseo por la ría. También se han convertido en el último aliado de algunos furtivos que aprovechan el verano para desembarcar en los bancos marisqueros de Moaña, cargar unos kilos de almeja o berberecho y desaparecer mar adentro, antes de que nadie pueda darles alcance.

El furtivismo también se reinventa. Si hasta hace pocos años la vigilancia se centraba en quienes accedían a los arenales caminando desde tierra, ahora el problema llega por mar. Las pequeñas embarcaciones de recreo, kayaks o tablas de pádel surf permiten a los infractores mezclarse entre los cientos de usuarios que cada día navegan por la ría durante la temporada estival, dificultando enormemente su identificación.

Cuchillos y herramientas incautadas a furtivos.

Una vez recogen el marisco, muchos regresan hasta las embarcaciones de recreo en las que habían llegado o que permanecen fondeadas en las inmediaciones. Las tablas funcionan así como un discreto “vehículo lanzadera”: salen desde el barco hasta el banco marisquero, cargan el marisco y vuelven a la embarcación sin apenas levantar sospechas entre el intenso tráfico náutico del verano.

Desde el sector lamentan que esas pequeñas incursiones acaben convirtiéndose, en la práctica, en una forma de abastecerse de marisco gratis a costa del trabajo de las mariscadoras moañesas y sin ningún tipo de control sanitario. El guardapesca de la Cofradía de Pescadores de Moaña ya ha interceptado este verano a varios furtivos que utilizaban tablas de pádel surf para desplazarse hasta las zonas de extracción. En una de las actuaciones, los infractores llevaban encima cuchillos de grandes dimensiones, un material poco habitual que sorprendió incluso a los propios vigilantes.

La nueva estrategia complica notablemente la respuesta. Mientras que un furtivo que actúa desde tierra puede ser identificado con mayor facilidad, perseguir a quien huye por mar obliga, en la mayoría de los casos, a movilizar a la Guardia Civil del Mar. Un operativo costoso que requiere embarcaciones y personal especializado y que no siempre puede desplegarse porque existen otros servicios considerados prioritarios.

La paradoja es que, en muchas ocasiones, el botín de cada salida apenas alcanza uno o dos kilos de marisco. Cantidades aparentemente pequeñas que, sin embargo, acaban teniendo un enorme impacto cuando se multiplican por decenas de incursiones a lo largo del verano.

Desde la Asociación de Mariscadoras de Moaña y la Cofradía advierten de que el verdadero problema no son esos dos kilos que consigue llevarse un furtivo en una jornada, sino la suma de todos esos pequeños robos. El resultado son cientos de kilos que desaparecen de los bancos marisqueros y que dejan de generar ingresos para las profesionales que viven de este recurso y trabajan bajo estrictos controles.

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