A Borna cumple una década coronando la familiar playa con la que comparte nombre sin perder su esencia
Hay rincones que, cuando llega el buen tiempo, parecen tener su propio calendario. A Borna es uno de ellos. La playa moañesa suma cada temporada un punto de encuentro que combina paisaje, puesta de sol, terraza y ambiente, convirtiéndose en una de esas paradas que vecinos y visitantes incorporan a sus planes casi sin pensarlo.
El chiringuito abrió sus puertas en 2016 y desde entonces ha ido creciendo “poquito a poco, trabajándolo”. Su ubicación era una de las claves desde el principio. La playa, las vistas y la tranquilidad al caer la tarde ofrecían un escenario con muchas posibilidades, aunque el tiempo ha terminado demostrando que el verdadero atractivo está en el conjunto: disfrutar de algo para comer o beber mientras el día se despide frente al mar.
Y aquí no hay una hora mala para hacer una parada. El día puede empezar con un refrigerio frente a la playa, continuar con algo para picar o comer y terminar con una cena o una copa mientras cae el sol. Una versatilidad que permite convertir el chiringuito de A Borna, en la parroquia de Domaio, en parada de primera hora o en plan para alargar la tarde. Abierto desde Semana Santa, es en el verano, lógicamente, cuando el rincón alcanza su máximo esplendor.
La cercanía también forma parte de la fórmula. “La gente está a gusto porque siempre tenemos un cariño, una manera de tener un trato muy cercano», explica Carlos Moreira, responsable del establecimiento. Una filosofía que ha ayudado a crear una clientela fiel, con habituales de Moaña y de otros puntos del entorno, pero también visitantes de larga distancia, que regresan cada temporada y que ya sienten el chiringuito como un lugar propio.
LA PRIMERA CITA
Y si el paisaje invita a quedarse, las tardes y noches también dejan alguna que otra historia. El propio Moreira cuenta que en ocasiones ha visto llegar a personas especialmente pendientes del teléfono, haciendo fotos y movimientos que le llamaron la atención. “Dije: esto tiene que ser algo”, recuerda entre risas. Con el tiempo descubrió que algunas de esas situaciones tenían que ver con personas que se habían conocido a través de redes sociales y habían escogido este enclave para su primer encuentro. Una suerte de ‘First Dates’ improvisado, con la ría como cómplice y la puesta de sol haciendo el resto.
Cada temporada, además, el espacio estrena pequeños cambios. La decoración se modifica de un año a otro, incorporando nuevos elementos que sorprenden a quienes repiten. “En los detalles está la diferencia”, señala Moreira. Una forma de renovar el ambiente y conseguir que el chiringuito mantenga ese punto de novedad incluso para quienes ya lo conocen de sobra.
Pese al éxito cosechado en esta década, el objetivo sigue siendo mantener el ambiente tranquilo que caracteriza al establecimiento y que permite disfrutar del entorno sin prisas. Precisamente por eso, desde el chiringuito reclaman que se busquen fórmulas que permitan ampliar la temporada y contar con mayor estabilidad. “Tener un apoyo por parte de la Administración” y poder mantener el espacio durante un periodo más largo permitiría, según explica Moreira, preparar mejor el servicio y ofrecer una atención todavía más cuidada.

