La idea la implantó el pintor Suso ‘Caramuxo’ que volvió a Cangas desde Barcelona donde las Majorettes eran muy populares. Fue un éxito aunque su recorrido solo duró unos años

Suso «Caramuxo» ya tenía nombre propio como pintor cuando decidió volver a Cangas tras una etapa vivida en Barcelona. Traía consigo algo más que talento: había conocido en la ciudad condal iniciativas culturales muy novedosas y estaba convencido de que algunas de esas ideas podían aplicarse en su villa natal para dinamizar la vida de la gente joven. Así nació, en los años 70, una de las propuestas más singulares que ha dado el Morrazo: las Majorettes de Cangas.
La idea era sencilla pero ambiciosa para la época: Caramuxo empezó buscando chicas dispuestas a formar un grupo de majorettes, y su propuesta tuvo tan buena acogida que enseguida se pusieron manos a la obra con todo lo necesario como vestuario, estandarte, banderas, coreografías. Ensayaban casi a diario en un campo cercano al cementerio y, con mucha ilusión y pocos medios, comenzaron a confeccionar sus primeros trajes.
La imaginación suplió al presupuesto. Improvisaban con lo que tenían: para la parte inferior usaron botas negras y las faldas del uniforme de gimnasia del Compañía de María, mientras que las chaquetas y gorros los cosían reunidas en el propio taller-estudio de Caramuxo, aquel taller instalado en una antigua iglesia de Caldelas que había dejado de dar culto.
Para su presentación eligieron una fecha muy simbólica: las Festas do Cristo de 1971. Al frente, marcando el paso, Mari «A capitana» llevaba la batuta, mientras las chicas afrontaban el desfile con no poco nerviosismo, temiendo la reacción de un pueblo entonces bastante conservador ante aquellas vestimentas y movimientos que podían resultarles atrevidos. Sin embargo, las dudas duraron poco. El éxito fue tan rotundo, y su presencia en las calles de Cangas tuvo tal repercusión, que en los meses siguientes numerosas villas se pusieron en contacto con Caramuxo para solicitar su presencia en sus fiestas: Lalín, Cambados, Catoira, A Coruña o Ferrol, entre otras. El fenómeno cruzó incluso fronteras: llegaron a actuar en Asturias y Portugal, donde el impacto fue todavía mayor.

La aventura, sin embargo, tuvo un recorrido corto. El proyecto se mantuvo activo únicamente tres años. La vida siguió su curso y compaginar el trabajo en casa, los estudios, los ensayos y las actuaciones se fue haciendo cada vez más complicado, a lo que se sumaba el malestar de algunos novios, porque los fines de semana, el único tiempo libre para verse, las chicas tenían que viajar por Galicia desfilando.
Esos factores hicieron que las Majorettes de Cangas dejaran definitivamente de recorrer las calles, pero quienes tuvieron la suerte de verlas, y las propias chicas que formaron parte de aquella iniciativa tan innovadora, la recuerdan con mucho cariño y orgullo.
Hoy, medio siglo después, es el propio Suso quien mejor resume lo irrepetible de aquella aventura. En sus propias palabras: «a día de hoy sería inviable volver a repetir».

